Irene Zottola

En tu trabajo destacan conceptos como identidad, sexualidad y naturaleza. ¿Qué te atrae de ellos? Y en concreto, ¿qué aportan los elementos naturales a tu obra?

La mayor parte de los procesos artísticos están centrados en una búsqueda, esa búsqueda en mi caso está centrada en la identidad, en descubrir quién soy.  Muchas de las fotografías que hago están basadas en lo que temo y en lo que amo, en lo que quiero detener y conservar en el tiempo y que me recuerdan de dónde vengo: mi abuela, mi madre, autorretratos con personas que amo o sola en ciertos momentos…Como si de alguna manera formasen las piezas de un puzzle que constituye mi vida y que consigo entender con el paso del tiempo. Al final la mayor parte de trabajos que hago están centrados en la narración de episodios muy concretos y relevantes que constituyen esa búsqueda laberíntica de quién soy como persona.

Por otra parte, de la misma manera en la que los seres humanos formamos parte del mundo y la naturaleza aunque nos empeñemos en pensar que estamos por encima de ella considero normal que formen parte de mi obra. Constituyen el escenario del que formamos parte, son nuestra casa, nuestras raíces y creo que nos conectan como individuos al planeta de una forma profunda y común. Todos nos emocionamos y sobrecogemos frente a los acantilados, al admirar el cielo o perder la vista en el horizonte. Existe una poética poderosa y magnética en la naturaleza que nos conecta con una parte instintiva, salvaje y subconsciente animal que a veces perdemos en el devenir urbanita.

 

En tu último proyecto ÍCARO, que hace poco ha sido premiado como mejor fotolibro, estableces una relación entre el vuelo de las aves y el personal del ser humano. ¿Qué te llevó a contar esa historia?

Mi trabajo nace de una forma visceral e intuitiva, comencé a fotografiar aves que me encontraba muertas en el suelo porque me llamaban la atención. De la misma manera también fotografiaba cielos, el lugar del que habían caído. Veía esas aves con las alas extendidas, estrelladas contra el suelo y empatizaba de una manera extraña con ellas, con ese deseo de volar, de no poder y de terminar desplomadas. Empecé a leer sobre el vuelo y cada aspecto que descubría me parecía que se podía aplicar perfectamente al ser humano. De esta forma surgió una especie de pequeño diccionario sobre el vuelo y elementos que influyen en él: escribía definiciones y jugaba con las imágenes.

Una noche me encontré una enciclopedia de aves en el suelo, como las palomas que fotografiaba. Seguí buscando, probando y experimentando, creando dípticos que hablaban sobre el vuelo. A partir de ahí llegué al mito de Ícaro y bueno, todo cobró sentido. A lo largo de la historia el vuelo, las plumas y los seres alados han tenido una fuerte carga simbólica. ¿Quién no ha soñado con volar? Esa mezcla de deseo y miedo por hacerlo me parece fundamental y clave en la vida de cualquier persona: temor a intentarlo, deseo de hacerlo, ilusión y felicidad cuando lo consigues y pavor y dolor cuando acabas cayendo…o cuando te dejas caer.

Ícaro, 2020. ©Irene Zottola

Tu proceso creativo se basa en el uso de la emulsión líquida sobre diferentes soportes consiguiendo objetos únicos. ¿Por qué optaste por este proceso analógico? ¿Qué te aporta frente al formato digital?

Conocí la técnica de la emulsión líquida en un curso que realicé sobre técnicas de laboratorio y procesos antiguos. La posibilidad de hacer surgir imágenes a través de pinceladas me fascinó. Trabajando en Dentro, una de mis primeras series en las que fotografiaba copas de árboles, comencé a experimentar con la emulsión y a base de pruebas de repente descubrí el trazo y la posibilidad de emulsionar sólo algunos aspectos de la imagen. Se me abrió un mundo de posibilidades en las que experimentar con la ausencia y la presencia desde un aspecto más plástico, rozando los límites de la fotografía y aproximándome a la pintura, disciplina que admiro y respeto pero que nunca he llegado a practicar. Además, el hecho de poder aplicar la emulsión sobre otros soportes que van más allá del papel me parece brutal y creo que ofrece la posibilidad de jugar más con el espacio, a pesar de la dificultad técnica que conlleva dependiendo de qué material elijas como soporte.

Aunque no descarto la posibilidad de trabajar en formato digital, (de hecho, el libro es un claro ejemplo de ello) tengo claro que me gusta el proceso artesanal que envuelve lo analógico y el trabajar la emulsión. El laboratorio es uno de mis lugares favoritos y adoro todo lo que lo envuelve: la oscuridad, la luz roja, los tiempos, la soledad, el olor a fijador y el sostener la aparición de la imagen entre mis manos. Es un refugio íntimo de búsqueda y encuentro. Lo digital es muy práctico pero me resulta menos mágico y emocionante, me suelo aburrir y frustrar delante de una pantalla. Prefiero mancharme las manos.

Ícaro, 2020. ©Irene Zottola

Aparte de fotógrafa, eres educadora social y trabajas con colectivos en situación de vulnerabilidad. ¿De qué forma incluyes la fotografía como herramienta para la educación? ¿Cuál crees que sería un buen punto de partida para empezar a educar también en la imagen y no solo en la palabra?

Cuando estudié Educación Social me inventé las prácticas proponiéndole un proyecto a la directora del centro de primaria del barrio de Vallecas en el que trabajaba en ese momento en Madrid con un programa de apoyo y refuerzo escolar del Ministerio. La fotografía es una herramienta de creación y expresión a través de la cual se pueden trabajar aspectos y competencias educativas fundamentales como son la autoestima, el trabajo en equipo, la asertividad, la capacidad reflexiva, la creatividad o la escucha. El resultado de esa primera experiencia fue fascinante y enriquecedor a todos los niveles.

A partir de ahí, he realizado proyectos con la fotografía como excusa con adolescentes y adultos con diversidad funcional siempre desde el ámbito de la educación no formal, a través de talleres o actividades relacionadas con exposiciones.

Creo que a pesar de muchas lagunas del actual sistema educativo se van haciendo pequeños avances que integran la educación de la imagen pero que se suelen realizar a pequeña escala y más por ímpetu y motivación del profesorado o ayuntamientos a nivel local que por un plan nacional de educación artístico, cultural y social. Todavía hay mucho por hacer y el camino es muy complejo. Creo que es un asunto que tiene demasiadas aristas como para contestarlas de una forma tan breve.

La imagen forma parte de muchas disciplinas artísticas que ya de por sí sufren carencias a la hora de enseñarse en escuelas y colegios dentro de la educación reglada. Un ejemplo significativo es que somos uno de los cuatro países de la Unión Europea que no cuenta con un Centro Nacional de Fotografía e Imagen y que actualmente se está reivindicando desde una plataforma creada esta primavera con un manifiesto firmado por más de 6500 autores del sector.

 

Para finalizar, ¿estás trabajando en algún nuevo proyecto que nos puedas contar?

Este otoño he comenzado una residencia artística en Bilbao a través de la BBK y Artegileak en el que precisamente se fusionan los aspectos fotográficos y sociales de los que hablaba con anterioridad. Estaré trabajando junto a personas con diversidad funcional que acuden al centro de día de la entidad Arbolarte durante los tres próximos meses. Estoy muy contenta de formar parte de esta iniciativa y el hecho de que se desarrolle de una manera constante durante un período relativamente extenso creo que dará la posibilidad de profundizar y experimentar una forma enriquecedora

Hay otros proyectos en mente a nivel personal, pero prefiero no desvelarlos hasta que no cojan más forma, por ahora sólo son semillas que aún tienen que germinar.

@irene_zottola

www.irenezottola.com